martes, 17 de febrero de 2009

COSAS QUE ME PASAN (I)

Todos los días -excepto sábados, domingos, y festivos contemplados en el convenio del metal- me levanto a las seis menos cinco de la mañana y ejecuto el mismo ritual para ir a trabajar:

Aún con los ojos cerrados, apago el primero de los tres despertadores que coloco por la noche en el suelo al pie de la cama y anulo el resto. Me doy la vuelta procurando no destaparme. Abro los ojos. Me cago en Dios varias veces. Salgo de la cama a duras penas tras mentalizarme. Pongo música en el ordenador, rock and roll por lo general, tipo Jerry Lee Lewis o Chuck Berry, o AC-DC si es martes -los martes son con diferencia el peor día de la semana-. Voy a la cocina, abro la nevera, cojo un Red-Bull y lo bebo en menos de cuatro tragos. Enchufo el calentador cuando comienzan a hacer efecto la cafeína y la taurina y me desnudo camino del baño para ducharme con agua muy caliente. Salgo de la ducha y me seco con la ayuda de un secador de pelo de 1600 vatios de potencia, no me gustan las toallas. Abro un armario debajo del lavabo, alcanzo la ropa de faena y me visto con mucha calma sin apagar el secador. Antes de ponerme los calcetines apago el secador. Me dirijo al aseo, donde me calzo las botas de seguridad, normalmente muy sucias de cemento u hormigón seco, y salgo de casa asegurándome antes de no olvidar las llaves y el móvil, o cualquier otra cosa. Cierro la puerta despacio para no hacer ruido y pulso el botón de llamada del ascensor. Respiro mientras llega, pero si ya está allí -algunas veces ocurre- continúo sin respirar…

Invariable día tras día, semana tras semana, mes tras mes, el ritual se eterniza hasta llegar a mi puesto de trabajo, a veintiséis kilómetros de mi casa, donde la improvisación y el caos son la tónica general gracias a un jefe de taller con graves antecedentes sicóticos. Sin embargo, el otro día, cuando salí del ascensor en la planta baja, algo no fue como siempre.

Tres individuos defecaban sobre el mármol recién pulido del portal. Eran dos tipos del este y un vecino del barrio muy conocido en los negocios hosteleros de la zona por su tendencia a escabullirse sin pagar las consumiciones y que sólo respondía al nombre de “Centollo”. Lo realmente inquietante, hasta conseguir helarme la sangre, más que cualquier otra cosa, más que el hecho en sí de sorprender a tres tipos defecando en un portal o la apariencia fiera y canalla de los rumanos, fue el revoltijo de chaquetas y jerséis bajo sus sucios culos peludos y costrosos. Se estaban divirtiendo, a esa conclusión llegué, y eso implicaba por su parte una mala hostia sobrecogedora. El olor era diarreico, no seré más explícito. Me llevé una mano a la nariz para no venirme abajo y con la otra sujeté la puerta del ascensor en un acto reflejo impensable en mí. “Centollo” y el rumano sin dientes ni siquiera me miraron, sencillamente siguieron concentrados en sus esfuerzos intestinales, como si yo no estuviera allí o fuera lo más normal del mundo, riendo y resoplando como mandriles. Fue el de la cara abrasada quien giró la cabeza hacia mí con gesto contrariado por haber interrumpido su particular aquelarre. Nos miramos a los ojos diez segundos. Más bien él a mí. Me escrutaba como un primate degenerado y astuto, calculando, sin duda, si le daría tiempo a alcanzarme antes de perderme en el ascensor. Me habló en su idioma materno. Tres o cuatro frases roncas en un tono que fui incapaz de interpretar. Para cuando hubo escupido la última palabra el cabrón tenía los pantalones perfectamente ajustados y hacía ademán de lanzarse a por mí. Le di la espalda cagado de miedo, entré en el ascensor temblando y subí de nuevo a mi casa. En ese momento, frente a mi puerta, con las llaves en la mano, escuchando aún las risas subiendo por el hueco de la escalera, sudando en frío y con el estomago revuelto, fui consciente de lo ineludible que es para el ser humano la idea de Dios.

Me senté en la cama aún sin respirar -ese día el ascensor estaba en mi planta- y alcancé el teléfono para llamar a mi jefe de taller y explicarle porqué no podía ir a trabajar. No necesité insistir demasiado, él es así, lo entendió perfectamente. El mundo se está volviendo loco, me dijo muy serio, me ocurrió algo parecido cuando era taxista. Y me concedió el día libre con la esperanza de poder verme al día siguiente para acabar de colocar doscientas cincuenta puertas cortafuegos en un geriátrico.

Colgué y por fin respiré. Me quité las botas y me acosté vestido. Dormí durante once horas seguidas –exactamente las mismas que hubiera trabajado- y soñé con el día que olvidé las llaves dentro de casa y me vi obligado descolgarme desde la ventana de mi vecino de arriba a través del patio interior.

No hay comentarios: